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24 mayo, 2024

Crece la tensión interna en Juntos por el Cambio: ¿condenado a repetir la fractura peronista si gana la elección?

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Para quienes creen que la historia se repite en un eterno ciclo, la política argentina está dando en estos días motivos de confirmación: la coalición Juntos por el Cambio ya está dando señales contundentes de que, en caso de llegar al poder en diciembre, puede reproducir exactamente la misma fisura interna que signó a la gestión del Frente de Todos.

La pirotecnia verbal de estos últimos días ha llevado incluso a que los analistas políticos se planteen sus dudas sobre si la unidad de la coalición opositora puede sobrevivir a las PASO.

«Se puede dar la situación de que, luego de las PASO, los votantes del candidato derrotado no quieran acompañar al vencedor en la elección de octubre», observó el analista Gustavo Marangoni, quien cree que las diferencias se remontan a la publicación del libro «Para qué», de Mauricio Macri. Según su visión, se está ahora haciendo explícita la diferencia entre el sector que pone el énfasis «en el qué», es decir las reformas estructurales -representado por Patricia Bullrich– y la facción que prioriza «el cómo», es decir el gradualismo y los acuerdos con otros sectores políticos -hoy representado por Horacio Rodríguez Larreta-.

Lo cierto es que esa pelea viene subiendo de tono día a día. Basta ver el cruce entre Gerardo Morales y Patricia Bullrich, en el que el radical le pide «bajar un cambio» a su oponente interna, a quien ve «alterada». Y la respuesta de la candidata de los «halcones» dejó en claro que las diferencias no son de estilo sino de fondo: «Gerardo, lo último que voy a hacer es ‘bajar un cambio’. Ir a fondo es lo que nos define como espacio y lo que la sociedad nos demanda. O somos un cambio profundo de la mano de la gente o seguimos con los arreglos entre políticos y no somos nada».

La frase resume el pedido que suele escucharse entre los adherentes del ala derecha de la coalición, que reclaman no perder la identidad y el espíritu fundacional de «Cambiemos» en 2015. Esa esencia, desde ese punto de vista, está marcada por lo que Macri definió como «un mandato de la sociedad» para reformas profundas, que él interpretó que aún no existía cuando le tocó asumir la presidencia.

Mauricio Macri planteó la tesis de que ahora, a diferencia de 2015, hay

Mauricio Macri planteó la tesis de que ahora, a diferencia de 2015, hay «un mandato social» para avanzar en reformas estructurales

Como parte de ese «mandato», Macri enfatizó en la urgencia de reformas en el plano fiscal, laboral, jubilatorio y de apertura comercial.

Durante la presentación de su libro, había puesto como ejemplo del cambio la privatización de Aerolíneas Argentinas. Así, recordó que em 2019 una mayoría superior al 70% apoyaba la propiedad estatal de Aerolíneas, mientras que hoy esa postura no llega al 40% de adhesión, «y pronto va a ser cero, y nos vamos a sacar de encima a Biró y vamos a estar llenos de aviones». Tras recordar que Aerolíneas estatal le costó al país u$s10.600 millones, un dinero suficiente para «tener la mejor red de trenes del mundo», se preguntó: «¿dónde mierda están las prioridades?».

Fue uno de los pasajes más aplaudidos por la concurrencia, que llegó a su clímax cuando Macri arremetió contra los postulados de lo políticamente correcto. «No nos pueden correr más. Ese discurso progre cínico no me lo banco más». El público respondió con el cántico «volveremos, volveremos…».

La pelea por la «identidad» de Juntos por el Cambio

Pero ahora hay un problema. Y consiste en que los otros fundadores de Cambiemos en 2015 están planteando un discurso diferente ya no sólo en matices, sino en la propia esencia del programa de gobierno opositor.

La reciente convención de la UCR fue una prueba contundente: no solamente se mostró afín al ingreso de aliados del peronismo disidente, como el cordobés Juan Schiaretti, sino que advirtió sobre la necesidad de poner un freno al impulso de las reformas liberales que plantea Bullrich.

«Tenemos que ser parte de un gobierno afín a las ideas que tenemos, no nos puede volver a pasar tener un gobierno que nos dé vergüenza», dijo el senador -y aspirante a jefe de gobierno porteño- Martín Lousteau. Fue una frase que causó revuelo en las redes, porque implicaba un mensaje tácito: que al radicalismo no sólo le disgustan las propuestas actuales de los «halcones» sino que ya había sintió vergüenza durante la gestión de Macri.

Pero sin dudas quien marcó con mayor claridad el riesgo de ruptura fue Elisa Carrió, quien refiriéndose a Macri, disparó con munición gruesa: «Ahora me parece que quiere un ajuste tan brutal que yo no estoy dispuesta. ¿Y saben por qué? Porque va a caer toda la clase media argentina. El que no vivió y no fue de clase media, no sabe lo que es la clase media. Y él nació rico».

Elisa Carrió acusó a Macri de promover un

Elisa Carrió acusó a Macri de promover un «ajuste brutal» y de haber perdido la identidad fundacional de Cambiemos

La potencia de esa frase no se limita a la crítica personal a Macri, sino en el hecho de que quien la realiza es socia fundadora de Cambiemos y que, más allá de cuál sea la cantidad de votos de su sector, está en el imaginario político como la persona que marca la esencia de esa coalición. En un momento en el que «los halcones» se quejan de que Rodríguez Larreta quiere desvirtuar el cometido de Juntos por el Cambio, Carrió contraataca al acusar a Macri de haber «perdido la identidad».

Del cepo al «efecto Liz Truss»

Esta agitación interna plantea la duda sobre si, en la eventualidad de llegar al poder, será posible consensuar un programa de gobierno o si las diferencias llegarán al punto de que se repita la experiencia vivida por el Frente de Todos, que votó dividido en temas clave como la firma del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, o que vivió el boicot cruzado a los ministros del sector rival.

Y se han acumulado situaciones que permiten inferir duros debates programáticos. La polémica más reciente -y uno de los temas más urgentes a definir- es la forma de desarmar el cepo cambiario. Mientras Bullrich adelantó que la reunificación del dólar en un mercado libre será «un tema del día uno», Rodríguez Larreta anunció que irá despacio y advirtió que «quien diga que el cepo se puede desarmar el primer día es un chanta».

Pero, acaso más de fondo, hay también severas discrepancias sobre cómo realizar el ajuste fiscal. Mientras Macri habla de terminar con la «esclavitud» de los impuestos, en la vereda de enfrente hay una mirada muy distinta.

A fines del año pasado, se había generado una polémica cuando Pablo Gerchunoff, historiador y ex funcionario de gobiernos radicales, opinó que, en este momento del país, no solamente no había que bajar impuestos sino que había que aplicar retenciones a algún sector que hoy no tributa. Ante la ola de críticas, salió a defenderlo Lousteau, quien puso el ejemplo de la ex premier británica Liz Truss, quien debió renunciar apenas 44 días después de haber asumido el cargo, por el rechazo popular ante su programa económico, que incluía un fuerte recorte del impuesto a la renta.

«Si vos tenés un déficit no podés bajar impuestos inmediatamente, tenés que decir en qué rubros de gasto vas a ajustar. Podés cambiar impuestos distorsivos, pero andá a bajar impuestos de un plumazo y vas a tener el mismo problema que hubo en el Reino Unido», dijo Lousteau, poniendo el dedo en la llaga: los límites sociales del ajuste y el riesgo de perder la «gobernabilidad» ante una ola de protestas.

Desde el radicalismo advirtieron el riesgo del

Desde el radicalismo advirtieron el riesgo del «efecto Liz Truss», por la ex premier británica que renunció después de 44 días ante el rechazo de su reforma impositiva

Mientras se daba ese debate, Rodríguez Larreta mandaba a su bloque legislativo a boicotear el debate de la Legislatura porteña en el que iba a tratar la derogación del impuesto a los consumos con tarjeta de crédito. En actitud contrastante, sí dieron quorum los legisladores del grupo que responde a Ricardo López Murphy.

Por cierto, el «bulldog» tampoco acató la disciplina partidaria y votó en contra cuando se trató el acuerdo del FMI así como en el proyecto de presupuesto 2023. Igual actitud tomó el nuevo «socio incómodo» de la coalición, el liberal José Luis Espert, quien durante toda la gestión macrista acusó a sus funcionarios de practicar «kirchnerismo con buenos modales».

La gobernabilidad y qué hacer con el peronismo

Pero los expertos creen que no debe caerse en el error de creer que lo que puede generar la fisura de Juntos por el Cambio sea sólo la discrepancia sobre gradualismo o un plan de shock, sino que incluye sobre todo a qué tipo de relación se quiere tener con los centros de poder donde el peronismo mantenga influencia, desde los gobiernos provinciales hasta los sindicatos, pasando por organizaciones piqueteras, movimientos culturales y hasta cámaras empresarias.

«Nos atrevemos a arriesgar una hipótesis: Bullrich y Larreta discuten sobre qué hacer con la Argentina corporativa y, en particular, con el peronismo. El año pasado un potencial inversor, después de ver a ambos, quedó desconcertado: Bullrich le dijo que había llegado la hora de terminar con el peronismo; Larreta, con la misma convicción, afirmó que el país no se podrá gobernar sin el peronismo», afirmo Eduardo Fidanza, director de la consultora Poliarquía.

Los hechos de los últimos días parecen dar una pista clara en ese sentido: para Rodríguez Larreta la gobernabilidad se gana ampliando el espacio y no cerrándolo. Y pone como ejemplo a las victorias opositoras en elecciones provinciales, como el batacazo en San Luis.

En contraposición, del lado de los «halcones» circulan encuestas que demuestran que un contundente 82% de la opinión pública cree que sí existe una «bomba económica» creada durante el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner.

Pero, sobre todo, hay pregnancia de una postura de «mano dura» para vencer la resistencia a las reformas.

«Van a volver las piedras, los mafiosos ya anunciaron que nos preparemos, que se han apropiado partes del país y que no quieren soltar sus privilegios. Si nosotros no logramos una sociedad sin privilegios y sin mafias, nadie va a invertir», dijo Macri, en una alusión al ataque a piedrazos contra el Congreso en diciembre de 2017.

Ya se hacen cálculos sobre cuántos diputados contaría cada facción en caso de que Juntos por el Cambio se divida de facto en dos bloques

Ya se hacen cálculos sobre cuántos diputados contaría cada facción en caso de que Juntos por el Cambio se divida de facto en dos bloques

¿Dos bloques en el Congreso?

En definitiva, lo que se está poniendo en duda en estos días es cuál es la identidad de Juntos por el Cambio. Y es ahí donde reaparece la clásica sospecha: ¿el verdadero factor aglutinante de la coalición no es un proyecto político sino el rechazo a la figura de Cristina Kirchner? Para quienes creen que la respuesta es sí, entonces la conclusión es clara: con un kirchnerismo en crisis, esa unidad ya no tendrá sustento.

Hay otros factores que aceleran esa fisura. El más claro se llama Javier Milei. Quienes hacen cálculos en Juntos por el Cambio creen que el libertario logrará más de 20 bancas en la cámara de Diputados. Y que, ante la eventualidad de discrepancias internas, ese bloque podría alinearse con los «halcones» para formar de hecho una nueva alianza, en la eventualidad de que la presidente fuera Bullrich.

De la misma manera, si quien estuviera en minoría fuera Rodríguez Larreta y perdiera el apoyo del ala liberal, tendría su refugio natural en Schiaretti y los peronistas «de centro», que le garantizarían las mayorías necesarias en el Congreso. Como tantas veces en la historia argentina, ya se insinúa que la fuerza con más chances de transformarse en gobierno será también la que engendre su propia oposición.

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